Miguel era un estudiante pálido, de ojos afiebrados, pantalones desteñidos
y botas de minero, en el último año de Derecho.
Era dirigente izquierdista.
Estaba inflamado por la más incontrolable pasión: buscar la justicia.
Eso no le impidió darse cuenta de que Alba lo observaba.
Levantó la vista y sus ojos se encontraron.
Se miraron deslumbrados y desde ese instante buscaron todas las ocasiones para juntarse
en las alamedas del parque, por donde paseaban cargados de libros o arrastrando el pesado
violoncelo de Alba.
Desde el primer encuentro ella notó que él llevaba una pequeña insignia en la manga:
una mano alzada con el puño cerrado.
Decidió no decirle que era nieta de Esteban Trueba y,
por primera vez en su vida, usó el apellido que tenía en su
cédula de identidad: Satigny.
Pronto se dio cuenta que era mejor no decírselo tampoco al resto de sus compañeros.
En cambio, pudo jactarse de ser amiga de Pedro Tercero García,
que era muy popular entre los estudiantes, y del Poeta, en cuyas rodillas se
sentaba cuando niña y que para entonces era conocido en todos los idiomas y sus
versos andaban en boca de los jóvenes y en el graffiti de los muros.
Miguel hablaba de la revolución. Decía que a la violencia del sistema había que
oponer la violencia de la revolución.
[La Casa De Los Espíritus - El despertar - Capítulo XI]